Octubre

Estaba en mi habitación,

sobre pensando, como siempre.

Solía hacerlo.

 

Unos golpes en la ventana

me arrancaron de mis pensamientos.

Eras tú.

 

Con tus ojos y tu mirada azulada,

tus ojeras, que te hacían ver cansado.

Frío.

Pero siempre con una sonrisa,

en los labios, para mí.

 

El viento helado te despeinaba,

te hacía ver aún más lejano,

parado en mi balcón.

 

Reí, confundida.

Luego me acerqué,

pregunté cómo habías llegado.

Tu voz,

que cambió a la par que yo te conocía,

me contestó:

"Solo quería verte".

 

Sonreí.

¿Me invitaste a subir al techo?

Lo hiciste.

 

Tomé tu mano, y subí contigo.

De un momento a otro,

te recostaste en el punto

más alto y más bajo:

mi techo.

 

Para nosotros, era el suelo,

para los demás,

el lugar más alto que podían alcanzar.

 

Sonreí al verte ahí,

te imité.

 

Solo estábamos tú, yo y las estrellas,

mirando el cielo oscuro de octubre.

Las lunas más bellas de todo el año,

un frío extraño en el aire.

 

Ambos a punto de cumplir 16,

tú el 28, yo el 30,

del mismo mes.

 

El frío se sentía cálido 

estando a tu lado.


Giré mi cabeza para mirarte,

pero no estaba mirando.

 

Sentí un nudo en el estómago,

deshaciéndose en silencio.

 

Mis ojos se desviaron, un instante,

hacia tus labios,

y me di cuenta:

 

cuando estaba contigo,

podía contar muchas más estrellas

en el cielo,

de las que realmente existían.

 

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