Todas las mujeres que fui

Todas las mujeres que fui ya están muertas,

sepultadas bajo el polvo de noches quebradas.

Las arrastré conmigo hasta la última grieta,

y cada una dejó un pedazo de mí en su muerte.

 

Las mujeres que fui han caído,

una a una, como hojas de un árbol marchito,

en la soledad de noches sin luna

o en días fríos, bajo cielos que lloran.

 

Aquellas que amaron y rieron,

que soñaron entre campos de niebla,

se despidieron en un susurro bajo

dejando sus huellas en mis costillas.

 

La niña que soñaba, la primera en caer,

se ahogó en promesas tan rotas como un vidrio.

Le prometí cielos, y le di abismos,

le quité el futuro y la dejé atrás.

 

La niña que soñaba con alas de seda

huyó de la mano de los inviernos.

Corrió descalza por arenas frías,

perdiéndose en recuerdos y desencantos.

 

La mujer que creía en finales felices

se quebró como cristal en manos ajenas.

Quedó enredada en promesas vacías,

sepultada en la tierra de besos que mienten.

 

La valiente que pensó ser invencible

se apagó una noche, en silencio y sin prisa.

Su escudo de acero, su piel de hierro,

se desvanecieron con un suspiro de brisa.

 

La amante que dio sin pedir retorno,

se deshizo en madrugadas, de espaldas al sol.

Su piel, marcada de cicatrices

se hizo ceniza en abrazos de sombras.

 

La amante que se ahogó en el pozo del olvido,

en la náusea amarga de un abrazo marchito.

Sus risas quedaron atrapadas en mi garganta,

y su piel, marcada, se desvaneció sin piedad.

 

Todas ellas me miran desde el fondo,

sus rostros en sombras, con ojos vacíos.

Las siento en mis huesos, en mis ruinas internas,

retorciéndose en mi pecho, congeladas en su muerte.

 

La niña, la amante, la mártir sin gloria,

las que creyeron en algo más allá de mí,

todas caen, sus gritos rompen en ecos,

sus manos me tiran al abismo que dejé.

 

He sido tantas, he muerto en tantas,

como estrellas que se apagan en la distancia.

Cada una de ellas se fue, deshaciéndose,

como arena entre dedos, como niebla en el alba.

 

Quedan sus voces, un eco apagado,

murmullos de almas que ya no están.

Caminan como sombras detrás de mi espalda,

recordándome aquello que fui, y que ya no soy.

 

Y aunque quise olvidarlas, las llevo en mi carne,

en cicatrices profundas y en susurros oscuros.

Ellas me persiguen, como sombras afiladas,

como fantasmas que jamás encontrarán descanso.


Y aquí me hallo, entre los restos

de todas las mujeres que habitaron mi piel.

Una más triste,

que aún no aprende a reconstruirse de sus ruinas.

 

Hoy llevo en mis venas la memoria de todas las mujeres que fui,

un eco distante, un peso antiguo,

y aunque no están, aún las escucho,

susurrándome en sueños… que estoy viva.

 

¿Quién soy, entonces, si ya no son ellas?

Un cuerpo vacío, un eco roto,

la última que queda, la que ha enterrado,

a todas las mujeres que fui.

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